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29 de agosto de 2012

AQUEL VIEJO RELOJ (Capitulo sexto)

La señorita permaneció durante casi una hora observando el reloj, intentando buscar entre los escombros de su memoria, restos de aquella imagen impasible del reloj. Mientras buceaba en sus recuerdos, escucho el chirriar de la puerta de entrada, su madre había regresado, la cual quedo sorprendida al observar la sonrisa en el rostro de Laila, cosa que hacia demasiados días que no observaba, al verla se acerco para besarla, entonces se percato del reloj reluciente que con fuerza sujetaba en sus manos, y los fantasmas de su juventud abordaron a la madre, tiñendo de una extrema palidez su rostro y una lagrima cortante bautizo lo que siempre quiso olvidar pero nunca se alejo de sus entrañas.
Las preguntas de su hija volvían una y otra vez y sin descanso, a lo cual, Aurora, su madre, se vio obligada a responder algún fragmento por ella rechazado de la verdad, la única verdad. Laila entonces pregunto a quien pertenecía esa imagen del reloj que ella recordaba y no supo de su existencia en la memoria hasta el día que la vio en aquella tienda del coso. Su madre dijo entonces, la imagen pertenece a un chico de veinticinco años que se enamoro locamente de mi cuando yo contaba veintidós, mantuvimos una relación de cinco años en la que entre tanto apareciste tu, pero también había otro hombre, a quien tu si conociste bien.
Laila volvió a preguntar, ¿pero si el te quería, porque lo dejaste?, Aurora, respondió plácidamente, porque yo quería lo mejor para ti y el solo era un reparador de viejos relojes.
Laila, sin dispositivo que parase el frenético tic tac de su ira, replico... ¡¡¡ Si claro y tu elegiste a aquel supuesto músico drogadicto de Madrid que me llamaba hija y que por suerte nos dejo, después de once interminables años de adicción a tu letargo!!!.
Por Ismael Gimeno

28 de agosto de 2012

AQUEL VIEJO RELOJ ( Episodio quinto)

AQUEL VIEJO RELOJ ( Episodio quinto)
Y seguían pasando lacrimosos los días de la que ahora era la otra vida de Laila, cada segundo era como un tic tac parado en su reloj, y su desazón no aplacaba el mutismo de todos los que la rodeaban, unos callaban por no saber la verdad, y otros por no saber que verdad contar, si la única verdad, o la verdad que mentira tras mentira se había echo ya creíble. Abril ya era historia y pasaba mas de mitad del mes de mayo, hasta que un día, 19 de mayo, un pequeño paquete irrumpió en el buzón de la casa que Laila compartía con su madre, que en este día había salido a hacer unas compras de ultima hora. La curiosidad de la señorita la embargaba al ver aquel bulto en su buzón, el cual se dispuso a extraer aun en ausencia de su protectora madre. En el exterior, un remitente desconocido para ella, Eloy Gascon, al otro lado, una tarjeta sujetada con un precioso lacito amarillo, su color preferido, donde podía leerse, para Laila con todo mi cariño.
Se dispuso a abrir el paquete y en su interior otro pequeño envoltorio opaco donde pudo tocar algo solido, antes de abrirlo se percato de que ponía algo, y no era otra cosa que... Feliz 29 cumpleaños Laila. Lo abrió con   la inquietante satisfacción de ver que contenía, y ahí estaba, tan reluciente, tan ansioso de que Laila lo poseyera, era aquel viejo reloj de bolsillo que tiempo antes había echo hurgar en la memoria de la tienda olvidada del coso, donde por primera vez sintió el tic tac que sin saberlo siempre había buscado en el reloj de su vida.

Por ISMAEL GIMENO

26 de agosto de 2012

AQUEL VIEJO RELOJ (Cuarto capitulo)

Al día siguiente, Laila, empujada por el viento de sus recuerdos, volvió a pasar frente a aquella tienda del coso, miro la puerta cerrada, se sentó en el escalón de lo olvidado, entonces una escalofriante desazón, invadió todo su cuerpo, hurgando en sus entrañas. Había salvado a aquel hombre, pero nada era suficiente,
quien era esa persona que le traía tantos recuerdos que nunca hubo creído vivir, de donde venia aquella su pasión por la relojería, tantas cosas inexplicables, que siempre tuvo la destreza de sentir y que nunca creyó haber sentido. Luego levanto su mirada triste y comenzó a caminar entre sus preguntas sin respuesta, ajena a la gente que le rodeaba, con su alma embargada de imágenes, de aquel viejo reloj de bolsillo, de la bailarina en la ventana del reloj de pared tirado en el suelo, y como no, del mutismo de su medico, del hombre ausente en su sofá, de la ambulancia alejándose hacia lo desconocido. Así fue día tras día durante veinte interminables recuerdos de aquel mes de abril que ya nunca olvidara.
por Ismael Gimeno
  

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