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6 de septiembre de 2012

AQUEL VIEJO RELOJ (Capitulo décimo)

La enfermera, al observar aquel cuadro tan sentido, urgió en preguntar, por cierto señorita ¿son ustedes familiares? a lo que ella respondió, si soy su hija, ante aquellas palabras la enfermera esbozo una leve sonrisa entre confusa y  perversa y dijo, ah pues no sabia que el señor tuviese una hija, de echo el nunca menciono pariente alguno que le quisiera. Al oír aquello que nunca quiso escuchar, Laila, con voz tensa y letal replico, tiene usted razón señora, de echo, hasta hace apenas unas horas yo tampoco lo sabia. Y la sonrisa quebró aquellos labios, y el silencio mato a las palabras, y la enfermera enmudeció, se giro y marcho, con el rabo entre las piernas, como perra cabizbaja.
La señorita, siguió por el pasillo hasta donde se encontraba el señor de los relojes, su padre, se abrazaron y el tictac del tiempo se paro entre sus brazos y sintieron cosas que ya habían sentido, pasiones que ambos tuvieron la destreza de sentir, canciones que si habían escuchado y que nunca creyeron que un reloj les iba a hacer recordar. Al instante, y sin mediar palabra alguna, Laila se separo, alzo los brazos mostrandole  a su padre aquel vestido de bailarina, entonces dijo, quería devolverte esto, ¿esto? pregunto su padre, eso no me pertenece, hace veinticuatro años tres meses y cinco días que no veía ese vestido, la ultima vez en el teatro real de Madrid, el día que tu madre me abandono, después de una gran exhibición, en la que el reloj que contaba las horas felices de mi vida, se paro, y no echo de nuevo a andar hasta aquella tarde del 9 de abril en la que te decidiste a entrar en mi tienda y a hurgar en las saetas de tu memoria.
Por Ismael Gimeno

5 de septiembre de 2012

AQUEL VIEJO RELOJ (Noveno episodio)

Al oír Laila aquellas palabras del medico, soltó el teléfono súbitamente, cogió el vestido del suelo, salio a la calle, cerro de nuevo la puerta a cal y canto, y corrió. En el trayecto hacia el hospital donde solían ir recordó, no haber podido escuchar en que habitación se encontraba su madre, llego al hospital, exhausta y meditabunda, busco en la tablilla de ingresados, el nombre de quien en aquella tarde hacia veintinueve años le dio la vida, Eloy Gascon. Leyó, habitación 92, Aurora Garcia, siguió buscando, habitación 117, E. G. esta tiene que ser pensó la señorita, dado el secretismo precedente a todas sus pesquisas. Subió rápidamente las escaleras, corrió por el pasillo hasta que allí estaba, la puerta numero 117, abrió, pero aquella persona no era la que estaba buscando. Siguió por los pasillos hasta que encontró una enfermera, a la que pregunto con voz entrecortada, por favor, ¿Eloy Gascon se encuentra aquí? la enfermera respondió, si claro, habitación 131, ¿131? pregunto Laila sorprendida, la mente ágil y veloz como el rayo de la señorita había detectado la coincidencia con una importante fecha en el calendario, el trece de enero, cumpleaños de su madre, en el que su ultimo cumpleaños había recibido un regalo, anónimo y extraño, del cual ya no se volvió a hablar, ni fue visto ya por nadie, Un reloj femenino de pulsera, donde pudimos leer inscrito estas palabras, "ella lo sabe". La señorita ante aquel dilema, pregunto de nuevo a la enfermera ¿oiga, se puede elegir habitación en este hospital? a lo que ella respondió, pues no, aunque en el caso del señor Eloy todo puede ser, ya que todo el mundo en el hospital le conoce ¿y como puede ser eso? pregunto Laila, la enfermera sonrió y dijo, bueno, es el mejor relojero de la región, arregla todos nuestros relojes y otros complicados utensilios del hospital, hace casi una semana, aun estando en cama, se empeño en revisar un marcapasos, antes de serle puesto a un paciente, y lo hizo, ya que el marcapasos es como un reloj que esta salvando muchas vidas y del cual el señor Eloy sabe mucho, ya que el mismo lleva uno. En aquel momento las palabras de su madre se hicieron presentes en la memoria de la señorita, no se puede reconstruir con las mismas manos, un corazón que has roto. Y la ira quería volver a aparecer sobre los ojos de Laila, pero entonces ocurrió, escucho una tenue y lejana voz casi marchita que le decía...Señorita Laila, estoy aquí, ya me has encontrado.  Y el segundero parado que en aquellos días, la vida le había hecho recordar, volvió de nuevo a palpitar, en un frenético pero acompasado tictac, tictac.
Por Ismael Gimeno

4 de septiembre de 2012

AQUEL VIEJO RELOJ (Capitulo octavo)

Después de vagar por la ciudad, desconsolada, sin que apenas nadie la felicitase y sin celebrar el que había sido por muy grandes motivos su mas recordado cumpleaños, Laila volvió sobre sus pasos, hacia la que desde hacia mas de dos años hasta la fecha había sido su casa. Fue a abrir la puerta, cerrada con llave a cal y canto, busco su llave, entro y llamo a su madre por su nombre, cosa que nunca antes había echo, pues siempre la había llamado madre, sin recibir respuesta alguna, ando dos pasos, y allí estaba, tirado en el suelo, justo enfrente de sus ojos, en el mismo lugar que había tenido la discusión con Aurora unas horas antes, un extraño vestido, que nunca antes hubo observado,como el de una bailarina de ballet, recordó el colorido, el mismo colorido que el de aquella bailarina que entraba y salia por las ventanitas de aquel viejo reloj de pared, que vio por primera vez, tirado en el suelo, sin rastro de tics tacs, en la tienda del coso.
Con sorpresa, escucho el sonar del teléfono, corrió para cogerlo, reconoció la voz del doctor Nieto, su medico, que ocurre, pregunto con voz temblorosa, a lo que el medico respondió, me llamo tu madre hace un par de horas, la visite y hemos tenido que hospitalizarla, tranquila, no es grave, pero esta en observación. Y algo en el interior de Laila hizo... cucu.
Por Ismael Gimeno

3 de septiembre de 2012

AQUEL VIEJO RELOJ ( Episodio séptimo)

Aurora, al escuchar aquellas terribles y aun así tan ciertas palabras de los labios de su hija, comenzó en silencio a recordar, todo lo que siempre había querido borrar de su memoria, pero que ahí estaban sus recuerdos como tallados en lo mas profundo de su alma. Todo el amor desechado de su juventud, todos los relojes parados, que con tanto cariño le mostraba su enamorado Eloy, mientras intentaba arreglarlos ente su ausente mirada. Fue entonces cuando las lagrimas brotaron desconsoladas desde aquel lagrimal seco, poco acostumbrado al sollozo, hasta regar ampliamente el rostro de aquella anciana madre, con apenas cincuenta y tres años. Laila se resistía a acercarse a consolar a aquella mujer que nunca antes había visto llorar, ante la aparente frialdad de su hija, Aurora le explico entre suspiros confusos, que a veces en la vida tomamos decisiones pensando que son las correctas y nos equivocamos gravemente, pero ya no hay marcha atrás, porque no se puede reconstruir con las mismas manos un corazón que has roto, y eso son cosas que tal vez, nunca te puedes perdonar. La señorita al escuchar estas palabras de su madre, respondió, me alegro que tu nunca te puedas perdonar, porque yo tampoco lo voy a hacer. Dio la vuelta, se encamino hacia la puerta, y sin mediar palabra alguna, cogió su reloj de bolsillo de encima de la cómoda de la entrada, cerro la puerta y partió cuan bailarina de un tic tac.
Por Ismael Gimeno

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